domingo, 17 de mayo de 2020

EDGAR ALLAN POE " LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA"


Edgar Allan Poe

La Máscara de la Muerte Roja

La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
    Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
    Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.
    Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y las paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.
    A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño.
    Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensato nerviosismo, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.
    Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.
    Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.
    Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.
    Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que  comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo un cese angustioso. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
    Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.
    -¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
    Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
    Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando  ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.
    Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

Edgar Allan Poe (1809 - 1849)
The Masque of the Red Death (1842)
Traducción: Julio Cortázar
Ilustración: Aubrey Beardsley (1894)


sábado, 16 de mayo de 2020

FRIEDRICH HÖLDERLIN "PAN Y VINO"


Friedrich Hölderlin

Brot und Wein

Pan y vino

A Heinze

1

Alrededor reposa la ciudad; se calma la calleja iluminada,
y, adornados con teas, pasan coches ruidosos.
Hartos del día y sus placeres vuelven los hombres para descansar,
y en su casa sopesa, sumamente contento, un hombre moderado
la pérdida, el provecho; queda vacío de uvas y de flores,
y de manos solícitas descansa el mercado en tumulto.
Mas de un jardín distante surgen sones de cuerdas; es posible
que algún enamorado esté tañendo allí, o un hombre, a solas,
recuerde a unos amigos lejanos, y el tiempo de su juventud; las
    fuentes,
frescas y cantarinas siempre, junto al parterre oloroso murmuran.
En el aire resuenan quedamente campanas que alguien toca al
   crepúsculo,
y recordando el paso de las horas canta la suya un sereno.
Y un soplo ahora se levanta, mueve las copas de los árboles,
¡mira!, y la estampa umbrosa de la tierra, la luna,
con cautela aparece también; la noche, soñadora,
surge plena de estrellas y poco preocupada por nosotros,
reluce la admirable, extraña entre los hombres,
sobre las cumbres, triste y luminosa.


2

Maravilloso es el favor de la sublime y nadie sabe
en qué consiste lo que otorga ni de dónde proviene.
Aunque ella mueve el mundo y da esperanza al alma de los
   hombres
ní los mismos sabios comprenden qué prepara; ésa es la voluntad
   del altísimo dios que te ama tanto, y por eso,
incluso para ti, es preferible el día luminoso.
Pero los ojos puros también aman la sombra algunas veces
y por propio placer buscan el sueño, antes que el sueño sea
   necesario,
o incluso el hombre más sincero goza contemplando la noche
y se apresta a ofrendarle sus guirnaldas, sus cantos,
porque aunque se consagra a los que mueren y a los que deliran,
eterna, se mantiene, más que libre, en su espíritu.
Pero tiene también que concedernos, para que en esta oscuridad,
en esta hora indecisa algo firme nos quede,
la divina ebriedad del éxtasis y del olvido,
la palabra fluida que, como los amantes, nunca duerma,
y la copa más llena, la vida más osada y la santa memoria
para permanecer despiertos mientras dura la noche.


3

En vano ocultamos en el pecho nuestros corazones,
en vano, maestros y discípulos, pretendemos frenar nuestro valor,
porque ¿quién podría impedirlo, prohibir la alegría?
El fuego mismo de los dioses día y noche nos empuja
a seguir adelante. ¡Ven, pues! Miremos los espacios abiertos,
busquemos lo que nos pertenece, por lejano que esté.
Sólo una cosa es firme: tanto si es mediodía o medianoche,
persiste una común medida para todos,
si bien a cada cual se le asigna la suya,
y cada uno avanza y llega donde puede.
Así, se mofa del sarcasmo una locura jubilosa
que prende de improviso a los cantores en la noche sagrada.
¡Ven, pues, al Istmo! ¡Ven! Allí donde el abierto mar murmura
a los pies del Parnaso, y la nieve ciñe los roquedales deíficos,
en la tierra de Olimpo, a la cima del Citerón,
bajo los pinos, entre los viñedos, desde donde Tebas
puede verse allá abajo, y el Ismenos murmura, en la tierra de
   Cadmos,
de donde vino y adonde nos devuelve el dios cercano.


4

¡Dichosa Grecia! Oh tú, morada de los celestiales,
¿es cierto, entonces, lo que oímos en la juventud?
¡Oh sala de festines, cuyo suelo es el mar, sus mesas las montañas,
para tan simple uso levantadas desde antaño!
Pero ¿dónde los tronos?, ¿dónde los templos y las copas?,
¿dónde, llena de néctar, la canción que hubo de ser delicia de los dioses?
¿Dónde, oh, dónde brillan ahora los oráculos que nos golpean desde    la distancia?
Delfos duerme, y la gran voz del destino ¿dónde suena?
¿Dónde el destino urgente?, ¿dónde, lleno de omnipresente gozo, de    qué cielos claros
surgido, quiebra los ojos con su tronante resplandor?
¡Oh Padre Éter! gritaban, y millares de veces ese grito voló
de lengua en lengua, y nadie estuvo a solas soportando su vida;
compartido, ese bien causa alegría; intercambiado con los        
   extranjeros
se convierte en un júbilo, y, en sueños, crece el poder de la palabra:    ¡Padre!
¡Sereno Éter! y hasta lejos resuena el signo antiguo
que los antepasados nos legaron, acertado y fecundo.
Que así toman morada los celestes y, horadando la sombra,
con honda convulsión, su Día desciende hasta los hombres.


5

Llegan en un principio sin que se les perciba y a su encuentro 
   los niños
se dirigen: la felicidad es demasiado clara y cegadora
y atemoriza al hombre; un semidiós apenas si podría
dar nombre a quienes se le acercan llenos de regalos.
Pero es mucho el valor que le transmiten, el júbilo que anega
su corazón, y ya no sabe cómo usar tanto bien;
crea, se prodiga y en sacro ve convertirse lo profano,
cuanto, loco y benévolo, su mano ha bendecido.
Los celestiales lo toleran hasta donde es posible, luego se aparecen
de verdad, en presencia, y a la felicidad los hombres se    
   acostumbran,
y a la luz, y a contemplar el rostro de los revelados,
de los que antaño dieron nombre al Todo y la Unidad,
y de libre plenitud colmaron los pechos taciturnos,
y fueron los primeros y los únicos en dar satisfacción a los deseos;
pero el hombre es así; cuando el bien se presenta
y es un dios quien lo ofrece, no sabe verlo ni lo reconoce.
Ha de sufrir primero; pero ahora da un nombre a lo que ama,
ahora, por eso, las palabras se abren a la vida como flores.


6

Y ahora piensa con fervor en honrar a los dioses bienaventurados,
todo debe, en verdad, proclamar su alabanza.
Nada vea la luz si no place a los que moran en lo alto,
ante el Éter no vale ningún gesto baldío.
Por eso, para merecer estar en la presencia de los inmortales,
rivales entre sí, los pueblos se disponen
en orden suntuoso, alzan hermosos templos,
y ciudades al borde de las aguas, con solidez y con nobleza.
Mas ¿dónde están?, ¿dónde florecen las ilustres, las coronas      
   festivas?
Tebas y Atenas se marchitan, y el rumor de las armas
¿ya no suena en Olimpia? ¿ni los dorados carros de los Juegos?
y en las naves corintias ¿se acabaron por siempre las guirnaldas de 
   flores?
¿Por qué los sagrados teatros de otros tiempos también guardan 
   silencio?
¿Por qué las danzas sacras no expresan ya alegría?
¿Por qué ya no hay un dios que señale la frente de los hombres
y marque con su sello, como antaño, al elegido?
O alguna vez él mismo descendía, tomando forma humana,
y completaba y, confortante, ponía fin a la fiesta divina.


7

Pero llegamos tarde, amigo. Ciertamente los dioses viven todavía,
pero allá arriba, sobre nuestras cabezas, en un mundo distinto.
Allí actúan sin tregua, y no parece ser que les inquiete
si vivimos o no, ¡tanto los celestiales cuidan de nosotros!
Pues no siempre una vasija frágil puede contenerles,
el hombre soporta la plenitud divina sólo un tiempo.
Después, soñar con ellos es toda nuestra vida. Pero ayuda el error,
como el estar dormido, y las necesidades y la noche nos dan fuerza
hasta que un suficiente número de héroes, crecidos en sus cunas
de bronce, sean valerosos, como acostumbran ser los celestiales.
Vendrán entonces como truenos. Pienso, mientras tanto,
mejor dormir que estar sin compañeros,
esperar de tal modo y qué hacer entre tanto y qué decir,
yo no lo sé, y ¿para qué poetas en tiempos de miseria?
Pero, me dices, son como los santos sacerdotes del dios de los 
   viñedos
que de una tierra vagan a otra tierra en la noche sagrada.


8

Así, cuando en un tiempo que ahora parece tan lejano,
los que hacían la vida tan hermosa ganaron las alturas,
cuando el Padre apartó sus ojos de los hombres
y un justificado dolor se extendió por la tierra,
cuando un genio apacible, el último de todos,
con divinos consuelos vino a nosotros y anunció el fin del día,
antes de desaparecer, dejó el coro celeste,
en señal de que estuvo y había de volver, algunos dones,
que humanamente fuese posible disfrutar, como solía,
porque el don del espíritu excedería al hombre
y aún faltan los fuertes, capaces para el gozo
supremo, aunque alguna gratitud en el silencio vive todavía.
El pan es fruto de la tierra y sin embargo lo bendice la luz
y del tronante dios nos llega la alegría del vino.
Por eso nos recuerdan a los celestiales
que en otro tiempo nos acompañaron y han de volver un día,
por eso los poetas cantan al dios del vino con solemnidad
y no resuena fútil su alabanza para el antiguo dios.


9

Sí, hablan con verdad, es él quien reconcilia el día con la noche,
conduce las constelaciones que eternamente suben y declinan,
siempre dichoso, como el verdor perenne de los pinos que ama
y como la corona de hiedra que eligió para sí,
porque él permaneció y a los que abajo viven en tinieblas,   
   abandonados y sin dioses,
su estela trae la memoria de los dioses ya idos.
Los que viejos cantos predijeron de los hijos de dios,
¡míralo! eso somos nosotros; ¡éste es el fruto de la Hesperia!
Todo en los hombres se consuma con rigor milagroso.
¡Crea quien lo compruebe! Pero aunque mucho ocurra, nada habrá 
   de surtir
efecto alguno, porque no somos sino sombras y sin corazón
hasta que el Padre Éter, aclamado, a todos pertenezca y cada uno.
Pero, entre tanto, llega como emisario portador de antorcha,
el Sirio, el Hijo del Más Alto, y desciende a las sombras.
Le ven los sabios bienaventurados; en sus almas cautivas
se enciende una sonrisa y se abren sus ojos a la luz.
Duerme el Titán en brazos de la tierra, plácidamente sueña

y hasta el celoso cancerbero toma bebida y se adormece.

Friedrich Hölderlin (1770 - 1843)
Brot und Wein (1801)
Versión de Jenaro Talens. Las grandes elegías. Ed. Hiperion. 1980




domingo, 3 de mayo de 2020

Centenario de Benito Pérez Galdós (1920 - 2020) "Misericordia"


Una contribución a la celebración del centenario de Benito Pérez Galdós (1843 - 1920). Misericordia (1897), tal vez la obra que ocupe un lugar central dentro del enorme corpus galdosiano.


(...)
Con palabra nerviosa, afluente y un tanto hiperbólica, aseguró la chulita que no tenía salud; que padecía de unos males extraños, incomprensibles. Pero los llevaba con paciencia, sin cuidarse para nada de su propia persona. Lo que la inquietaba, lo que hacía de su existencia un atroz suplicio, era la idea de que enfermaran sus niños. No era idea, no era temor: era seguridad de que Paquito y Antoñito caían malos... se morían sin remedio.
   Trató Benina de quitarle de la cabeza tales ideas; pero la otra no se dio a partido, y despidiéndose presurosa, tomó la vuelta de Madrid. Grande fue la sorpresa de la anciana y del moro al verla aparecer a la mañana siguiente muy temprano, agitada, trémula, echando lumbre por los ojos. El diálogo fue breve, y de mucha substancia o miga psicológica.
   - ¿Qué te pasa, Juliana?- le preguntó Nina tuteándola por primera vez.
   - ¿Qué me ha de pasar? ¡Que los niños se me mueren!
   - ¡Ay, Dios mío, qué pena! ¿Están malitos?
   - Sí... digo, no: están buenos. Pero a mí me atormenta la idea de que se mueren... ¡Ay, Nina de mi alma, no puedo echar esta idea de mí! No hago más que llorar y llorar... Ya lo ve usted...
   - Ya lo veo, sí. Pero si es una idea, haz por quitártela de la cabeza, mujer.
   - A eso vengo, señá Benina, porque desde anoche se me ha metido en la cabeza otra idea: que usted, usted sola, me puede curar.
   - ¿Cómo?
   - Diciéndome que no debo creer que se mueren los niños... mandándome que no lo crea.
   - ¿Yo?...
  - Si usted me lo afirma, lo creeré, y me curaré de esta maldita idea... Porque... lo digo claro: yo he pecado, yo soy mala...
   - Pues, hija, bien fácil es curarte. Yo te digo que tus niños no se mueren, que tus hijos están sanos y robustos.
   - ¿Ve usted?... La alegría que me da es señal de que usted sabe lo que dice... Nina, Nina, es usted una santa.
   - Yo no soy santa. Pero tus niños están buenos y no padecen ningún mal... No llores... y ahora vete a tu casa, y no vuelvas a pecar.